De longaniza, queso, pollo, tinga, pierna, moreliana, si esas son las variedades tan solo de los guajolotes platillo tradicional de Tulancingo, ya no solo se consume los fines de semana sino todos los días, es esta ciudad hombres y mujeres sacan sus puestos, es derivado de la pandemia que reactivaron la economía familiar a través de la venta de enchiladas y guajolotes.

KARLO AlBERTO HERNÁNDEZ | ecoshidalgo.com

“Tengo más un año vendiendo en la colonia Guadalupe y hago mis guisados con mucha limpieza, le pongo mucho amor a la hora de cocinar, una de mis especialidades que más me piden es la molleja en habanero y piquín; tengo clientes que vienen desde el circuito Chapultepec, Medias Tierras y Santiago, por mencionar solo algunas, decidí emprender a causa de la pandemia ya que me quedé sin trabajo, sin embargo no me di por vencida y con ayuda de mis hijos logramos poner este humilde negocio de antojitos mexicanos Doña Gela como me dicen mis vecinos de la colonia”, señaló Angélica Guerrero Olvera.

Describe el antojito: “Es una telera que lleva frijoles con dos enchiladas rojas o verdes con queso y cebolla, además el platillo adicional que solicita el comensal, como chicharrón prensado, los “especiales” (pastor, molleja en habanero y piquín), choriqueso, pierna, huevo, pollo, salchicha, moreliana, tinga, queso, entre otros; siendo los más solicitados durante el fin de semana».

LA HISTORIA DEL GUAJOLOTE

Desde la década de los años cuarenta del siglo XX frente a los portales, que otrora fueran parte del edificio que alguna vez albergó a la Alcandía Mayor de Tulancingo, se podría degustar de agua fresca y de unas exquisitas enchiladas cocinadas por una mujer, cuyo sazón era inigualable. A partir del 23 de diciembre de 1940, se dice, existe este antojito en la ciudad surgió platillo típico, de acuerdo con el historiador Marco Antonio Mendoza Bustamante.

“Era la época en que habían comenzado los trabajos destinados a la construcción de la carretera México -Tuxpan, por lo que ingenieros, arquitectos y empleados trabajaban a marchas forzadas con el propósito de concluir el tramo que pasaría por Tulancingo; sin embargo, aprovechaban las noches libres para acudir al puesto de aquella mujer a comer enchiladas».

Una de esas noches de ocio – 23 de diciembre para ser exactos – dos ingenieros tapatíos acudieron a los portales en busca de alimento, se acercaron con la mujer que atendía el humilde puesto de enchiladas y le solicitaron les preparara un par de tortas, narra el escritor.

La cocinera les explicó que únicamente vendía enchiladas, pero ante la insistencia de los hambrientos hombres, terminó por tomar un par de teleras que tenía a la mano, las impregnó por dentro con frijoles, preparó dos enchiladas: una con chile rojo y otra verde, ambas con pollo, lechuga y longaniza; las colocó en el interior de aquellos panes y los frio con la manteca que se encontraba impregnada ya con el sabor de las enchiladas que había preparado a lo largo de la noche.

“Los comensales aprobaron con gusto el delicioso platillo que la mujer acababa de inventar, pues encontraron un sabor hogareño que les recordó sus lejano terruño. Después de comer aquellas tortas de enchiladas, uno de los ingenieros le dijo a la mujer: «¡Si hubiéramos estado en casa, habríamos saboreado un guajolote, sin embargo, estas tortas no han sabido tan deliciosas como si se hubiera tratado del pavo más grande del mundo, así es que gracias por los guajolotes»

Otros comensales que se encontraban en el lugar escucharon las palabras de los ingenieros y pidieron a la mujer que también les sirviera un guajolote.

Con el tiempo el platillo comenzó a hacerse famoso, y en todos los puestos de antojitos de Tulancingo el guajolote se convirtió en un pedido infaltable, así es como el cronista Marco Antonio Mendoza Bustamante, relata la historia del guajolote en Tulancingo.

Por ecoshidalgo

Periodismo de Investigación

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