Cuenta la leyenda que hace muchos años, una mujer joven y humilde de la etnia tepehua llamada Josefa, que siempre andaba con sus pies descalzos. Todos los días, iba al pozo de la pahua, ubicada en la parte baja de la cabecera municipal del municipio de Huehuetla, Hidalgo, para acarrear agua con una tinaja que la sostenía con la cabeza. Había quedado viuda y tenía que mantener a su pequeño hijo, de cuatro años.

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Un día muy temprano caminando por la vereda que conducía a este pozo, se encontró a un viejito tepehua, de más de cien años de edad, que jamás había visto; sin embargo, al pasar junto a ella lo saludo, contestándole el viejito “como estas Josefa ya fuiste por tu agüita al pocito de la pahua”, quedándose asombrada y, con cierto temor, quiso seguir su camino, pero el hombre le dijo: «No tengas miedo, yo te quiero ayudar sé que eres muy pobre y no tienes quien te ayude y tienes que mantener a tu pequeño hijo, pero debes hacer lo que te voy a decir: “Al lado de tu casita hay un viejo árbol de encino, tienes que rascar cerca de su raíz y ahí encontrarás mucho dinero, con el que vas a poder comprar muchas cosas y ya jamás serás pobre».

No sin antes advertirle que no se lo contara a nadie, pues, de lo contrario, algo malo le sucedería.

De repente desapareció casi frente a ella el viejito y muy asustada, le contó lo ocurrido a una comadre, quien le dijo que fuera a rascar donde el viejito le había indicado, pero pensó que lo haría al día siguiente.

Como desobedeció las indicaciones, su hijo comenzó a enfermarse, a tener mucha fiebre y Josefa estaba muy afligida y muy preocupada. En la población no había médico y el pequeño no mejoraba y Josefa lloraba sin consuelo, mientras recordaba las palabras del viejito y su recomendación.

A su casita humilde llegó su comadre y algunos conocidos. Por la ventana, Josefa volvió a ver al viejito que le decía: «Ya ves, no me hiciste caso».

Lo más raro era que sólo ella lo veía, más no los que estaban en su casa, que pensaban que se estaba volviendo loca. Josefa salió de su casa y le dijo al viejito «Perdóneme, no quiero que nada le pase a mi hijo, prefiero seguir siendo pobre toda la vida, pero que mi hijo se alivie de esta mala enfermedad».

Cuando la joven madre entró de nueva cuenta a su vivienda humilde, el niño ya se encontraba mejor. Agarro a su niño y cargándolo en sus brazos salió muy apresurada de esta casa y se mudó a otro pueblo y nunca se atrevió a rascar donde supuestamente estaba el dinero.

De todo lo que pasaba, un arriero supo de voz de su comadre, que en las raíces del viejo árbol de encino se encontraba este tesoro y decidió buscarlo.

Llegó hasta este lugar con pala y pico y se puso a rascar hasta llegar a la raíz de este viejo árbol.

Para su sorpresa, en vez de dinero, vio una enorme serpiente que estaba tendida a lo ancho de la raíz del árbol que lo mordió y murió instantáneamente por el efecto del veneno.

Los lugareños dijeron que esto se debió a que la fortuna no era para el arriero, sino para Josefa, aunque ella prefirió ser pobre toda su vida.

Por ecoshidalgo

Periodismo de Investigación

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