Investigación Especial | Xintololo

A 182 años del natalicio de Luis Ponce Romero (10 de mayo de 1839), muchos han tratado de redactar la biografía del poeta y filántropo; pero nadie como el escritor Juan de Dios Peza, quien magistralmente plasmo la vida de Ponce Romero, en el prólogo del libro Poemas y composiciones diversas, que en su interior resguarda el trabajo del médico poeta de Acaxochitlán.

A continuación, el prólogo completo, con datos interesantes como el nombre completo de la madre de Luis Ponce, por quien pareciera se dejó morir poco a poco. 

Melancólico y tierno como el armonioso rumor de nuestras selvas vírgenes, llegó á México el año de 1850, un joven á quien no apuntaba todavía el bozo, pero sí ya fulguraba en sus ojos esa luz misteriosa que es la reveladora del genio. Aquel joven, ó mejor dicho, aquel niño que ingresó al colegio de San Juan de Letrán, era originario del pueblo de Acaxochitlán (Estado de Hidalgo) donde vió la luz primera el 10 de Mayo de 1839.

Hijo del honradísimo comerciante Don Felipe Ponce y de la angelical y virtuosa Sra. Doña Isabel Romero, todas las dichas del hogar, todas las dulzuras de la infancia, parecían estarle destinadas, pero el hado adverso dejó al niño sin padre desde sus días primeros y una sombra de intima tristeza veló desde entonces su frente pensadora.

Luis Ponce quedó bajo la dirección de su tío el Presbítero Don José María Borja y Vivanco, quien se encargó de su educación en la Capital de la República, para que siguiera una carrera científica. Por singular destino fué á un colegio que puede llamarse «nido de poetas» y Luis Ponce entró á los misterios de la literatura en el templo donde los interpretaban con aplauso Ignacio M. Altamirano, Marcos Arróniz, Manuel M. Flores, Manuel y Juan A. Mateos, Juan Díaz Covarrubias, José Rivera y Río, Alfredo Chavero, Manuel Olaguíbel, y tantos otros que han hecho resonar gloriosamente sus nombres, lo mismo en el foro que en la cátedra, en el Parnaso y en la tribuna.

No es de extrañarse que Ponce, educado en medio del grupo juvenil más avanzado en ideas, fuera liberal de convicción íntima, lo cual demostró siempre desde sus estudios de gramática y filosofía hasta los superiores que hizo con notable éxito en la Escuela de Medicina donde adquirió el título profesional en el año de 1861.

Era época de prueba y de lucha y Ponce ingresó a las filas liberales en calidad de miembro del cuerpo médico militar asistiendo á la gloriosa jornada del Cinco de Mayo.

Después se radicó en Tulancingo y ejerció su profesión como verdadero sacerdote de la caridad, pues auxiliaba gratuitamente á numerosas familias pobres.

Al triunfar la República en 1867, Luis Ponce inició la fundación de un hospital como regidor que era en el Ayuntamiento; su idea fué acogida con entusiasmo y se llevó á debido efecto fundándose más tarde el «hospital que actualmente lleva su nombre por decreto que en 1877 expidió el mismo Ayuntamiento.

Ponce conoció las amarguras del destierro en la época del Imperio, pues ni un solo día se dió punto de reposo en trabajar por la causa del pueblo, lo cual ocasionó que le tuvieran por conspirador y que lo amenazaran con el peligro inminente de entregarlo a las Cortes Marciales.

Soñador melancólico, servíanle sus propias penas de lemas para sus versos y con frecuencia aparecían éstos engalanando las columnas de los más interesantes periódicos. — Cuando Altamirano fundó «El Renacimiento» que ha sido sin duda alguna la publicación literaria de mayor importancia que ha tenido México, las producciones de Luis Ponce llamaban la atención de todos los círculos, porque destilaban esa esencia que se perfuma con azucenas del monte Himetho y se endulza con miel hiblea; esencia que no gusta á sentidos toscos y que se estima por rara y de la cual sólo son dueños esos grandes visionarios que nacen predestinados á sentir y á despertar sentimientos en los corazones nobles.

Luis Ponce es un poeta subjetivo, no pertenece á esas escuelas nuevas que los griegos desconocieron y que no serían si las conociesen, del gusto de los eternos maestros de lo bello. — Hoy se hacen muchos versos en todas partes : hay abundancia de versificadores, pero entre esto y hacer poesía, existe una gran distancia. El numen, el estro, la inspiración, tienen á su servicióla rima, pero cuando ésta vive por sí sola, seméjase á las arpas que suenan con cualquiera mano pero que necesitan una hábil y experta que arranque de sus cuerdas melodías dulcísimas.

La poesía de Ponce, ya contemplativa, ya erótica, ya dolorida y plañidera, es hija legítima de sus más recónditos sentimientos; nació como las llores del Trópico, sin que las sembrara otra mano que la de la Naturaleza, ni las regara en su crecimiento otro jardinero que el espacio con lluvia y con el rocío. — Ponce es cantor á semejanza de los pájaros de nuestros bosques; emite todas las notas, desde la atronadora del bardo heróico hasta la suave y dulce que vibra en la serenata de una noche de luna.

No es posible seguir un método para estudiar á los líricos americanos, ni menos podría seguirlo yo, que siendo el último de todos he hecho una fusión de todas las escuelas literarias, obedeciendo á mis propios sentimientos, y no he parado mientes en «si éste o el otro canto que ha nacido de la lira está ó no conforme en su índole con lo que pide el realismo ó con lo que requiere la escuela romántica. La belleza es inmutable; el sentimiento de lo bello, se educa v se vigoriza en cada espíritu, pero las manífestaciones de ese sentimiento varían tanto como la Naturaleza.

En las páginas de Ponce coleccionadas por cariñosas manos cuando él ya había abandonado para siempre este valle de amarguras, encontrará el que ame tiernas manifestaciones del amor puro ; el que sienta hallará lágrimas reprimidas o dispersadas entre las llores de su jardín íntimo ; el que piense no tendrá aquí fuentes estériles para sus lucubraciones, pues Ponce toca la filosofía en todos sus vértices y así le hallamos creyente y empírico en los ideales religiosos como escéptico y pirrónico en ocasiones al delirar en la felicidad humana. — Poeta sin otra escuela que la de sus propios sentimientos, sin otros cuadros que copiar ó que descubrir que los de la exuberante Naturaleza en medio de la cual vivía ni envidioso ni envidiado y quizás más querido y más mimado que cuantos le rodeaban, sus versos son el más puro reflejo de su ánimo y la más pura expresión de sus delicados sentimientos.

Yo leí muchas de estas composiciones, cuando era un adolescente, cuando al lado de Acuña y de Cuenca, era nuestro placer más santo hojear los periódicos literarios que aparecieron después del triunfo de la causa Republicana en 1807 y confieso que atrajeron mi atención y que sentí profunda simpatía por el poeta. — ¿Quién había de decirle que sería yo el que pusiera unas cuantas líneas como prólogo al volumen en que han de pasar á la posteridad? 

Hay en las obras de Ponce la espontaneidad de lo que nace sin aspiraciones y la franca simpatía de la modestia. Acaso peque por descuido de forma: acaso su prosodia adolezca de las disonancias de nuestros modismos por los cuales no somos los hispano americanos muy respetuosos con la Academia, pero es perdonable a la flor el desorden de sus pétalos si su aroma es puro, suave y delicado.

Ramillete de flores escogidas, este libro no pide nada, no quiere nada, no aspira á nada. — Brotado del corazón sano de un poeta honrado, reflejo de su caracter, modelado en sus luchas ideales v materiales con el Destino, se verá bien premiado, si despierta ecos de simpatía en las almas sensibles, si enjuga alguna doliente lágrima, si apaga alguna amarga queja ó si puede al menos servir de solaz en los hogares.

El poeta, el autor de estas páginas, duerme el más sosegado de los sueños: hizo mil beneficios y la estela de gratitud que dejó en pos de sí, es el mejor cirio que arde sobre su tumba. Si estos versos han de valerle un lauro, ya sólo será su memoria la que lo recoja; si han de merecer la mordedura de los envidiosos pueden éstos hincar sin temor su afilado diente, que nadie habrá que les responda.

El Parnaso nacional que se estremece de júbilo con cada nueva obra de sus bardos, recibirá este libro lo mostrará á los extraños con el mismo orgullo con que la ilustre madre de los Gracos señalaba á éstos como sus mejores joyas. 

¡Ojalá todo lo que sale de nuestras prensas pudiera ser ton sano como el libro de Luis Ponce! Libros como este no ruborizan ni dañan á nadie. Nunca las quejas ó las esperanzas del alma se han anotado en el «Sylabus» de la moral y del buen gusto.

Por ecoshidalgo

Periodismo de Investigación

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